21.6.09


Salí para no encontrarmelo entre la gente que veo cuando la calle está llena. El murito en el que hice equilibrio cuando estabamos juntos, me sirvió de puente entre esos pies que no paraban de caminar lentamente. Así lo esquivé. Llegue a la Plaza de las Rosas y me apresuré por el callejón de piedra. No quise mirar al frente, eran muchas la señales de su presencia. Caminé mirando la punta de los cordones esconderse debajo de la suela, creo que quisiera ser suela o cordón.

Es como cuando te levantas y sientes que el día está muy normal para ser un martes a las seis de la mañana. Aún así, te levantas sintiendo que algo está pasando en tus manos y en tu mente, una sensación que está acompañada de un pestañeo con una imagen fija, de un momento especial, de un día que ya pasó.
Sabes que ya tiene que parar esa situación, que no puedes seguir siendo la tonta y que perderse en sus ojos nunca ha sido una buena decisión y más sabiendo que los hombres, como el, no están preparados para entender ni tu libertad, ni tus ganas de amarlos como a ti te gusta, a fin de cuentas la única manera que tienes. Así que te armas de valor, ese que tantas veces falta cuando lo tienes cerca, y dejas de llamar.

El sigue siendo lindo. Está triste, a veces no hay nada más sensanto que estar triste. Está solo pensando que tal vez sería bueno leer un libro y creerse el protagonista y así vivir una vida distinta a ésta. Le gustaría hacer un desnudo porque siente que es la mejor forma de fijar su sensualidad en la retina de alguien ya que no puede hacerlo ante sus ojos, porque él decidió que eran suficientes miradas y caricias. Se envolvió en su sabanita y no volvió jamás.

Parece que todo era un juego nada más,
¿Dónde está la gracia?